Odio a los cabros chicos malcriados que conmueven a sus padres con gritos que no son llanto, porque no hay lágrimas ni dolor que los legitime. Es sólo gritar hasta ponerse colorado y pedir y pedir y pedir. Y exigir, incluso.
Yo no habría alcanzado a gritar más de dos veces.
Por tanto, y por carambola, odio a sus padres que les hacen caso.
Eso. Feliz navidá.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar