domingo, 14 de noviembre de 2010

Cuatro

Odio las fotocopiadoras. No las máquinas, éstas son útiles especialmente para la señorita que estudia derecho, y que les habla. Pero odio a las que atienden. Sí, precisamente las de la ballena. Son tontas. No saben contar, no saben leer, no saben lo que "de ésta a ésta página" significa. Se ríen de una porque tiene que gastar mucha plata en fotocopias (sí, me ha pasado); me enferma que todas sean minas ricas que hablan de su fin de semana en Kamikaze mientras UNA está CON OCHOMIL APUNTES esperando a que se DIGNEN a atenderte. Y a lo hombres con cara de bobo, que son con los que usualmente ando, se los hacen giles y les dicen "para mañana a las 13:00". Llegan al otro día a esa hora, aunque no tengan clases ni nada que hacer, y les dicen "no, todavia no está listo". Pero cómo lo dicen con una sonrisa, mostrando  sus gigantes tetas y libidinosos potos, las perdonan y nadie alega. Lo encuentro TAN MACHISTA. Sí por último tuvieran uno, que sea uno, un fotocopiador sensual que fuera a trabajar con camisas ceñidas al cuerpo, tuviera pinta de italiano y me hiciera descuentos, todo sería distinto para mi.

Además, me fotocopiaron tan mal un libro, que el último renglón de líneas de todas las páginas no se veía y me hicieron perder, SÍ PERDER 3 lucas. ¿Saben cuántos borgoñas son tres lucas? Bueno, más de dos. De eso estoy segura.

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